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Erecciones de acero

Él aprendió demasiado tarde que una erección no es solo una respuesta del cuerpo. Es un mensaje.

Durante años pensó que daba igual. Que no pasaba nada si fallaba “de vez en cuando”. Que el deseo bastaba. Pero con el tiempo entendió que cada vez que su cuerpo no respondía, algo más se apagaba con él.

Porque una erección no es solo dureza. Es presencia. Es seguridad. Es la confirmación silenciosa de que estás ahí, completo, conectado.

Cuando su cuerpo respondía bien, todo cambiaba. No solo en la cama. Caminaba distinto. Miraba distinto. Tomaba decisiones con más firmeza. No porque fuera invencible, sino porque no dudaba de sí mismo. Su cuerpo y su mente estaban alineados.

En la intimidad, una buena erección no hablaba de rendimiento, hablaba de tranquilidad. De no tener que pensar. De no anticipar el fracaso. De poder concentrarse en el otro, en el momento, sin miedo a que todo se rompa en silencio.

Y para ella, también importaba. No por exigencia, sino por entrega. Porque una erección constante le decía sin palabras: estoy aquí, no me voy, no me caigo cuando más me necesitas. Esa certeza crea confianza. Permite soltarse. Permite desear sin reservas.

Cuando las erecciones fallan, no solo falla el cuerpo. Aparece la duda. El control. La desconexión. El hombre empieza a irse antes de irse. A protegerse. A esconderse.

Por eso tener buenas erecciones importa. Porque sostienen algo más grande que el acto físico. Sostienen la identidad. La intimidad. La seguridad emocional.

No se trata de ego. Se trata de coherencia entre lo que sientes y lo que tu cuerpo expresa.

Cuando eso vuelve a funcionar, no se recupera solo una respuesta física. Se recupera la calma. La presencia. La capacidad de estar, sin miedo.

Y eso, en silencio, lo cambia todo.



 
 
 

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