top of page
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • YouTube
Buscar

El abandono de una mujer por un hombre viril

Ella se fue sin hacer ruido. No hubo gritos. No hubo drama. Solo una tristeza acumulada durante cinco años que ya no cabía en la casa, ella cada noche se sentía vacia, algo faltaba.

Lo había amado. De verdad. Lo defendió cuando empezaron los silencios, cuando las excusas se repitieron, cuando el cuerpo de él dejó de acompañar lo que decía sentir y ella se quedaba aburrida, podía mantener su ereccion durante cinco minutos. Pero, después se debilitaba, parecía una gelatina semidura. Al principio fue paciencia. Luego comprensión. Después, espera. Y finalmente, resignación.

Cada intento fallido era una herida pequeña, pero constante. Él bajaba la mirada. Ella fingía que no pasaba nada. Se abrazaban en la oscuridad, ambos despiertos, ambos solos. El deseo seguía vivo en ella, al bañarse su regadera era la acompañante en sus fantasias mas sucias, pero no tenía dónde posarse.

Hasta que conoció a otro hombre.

No fue inmediato. No fue impulsivo. Fue revelador. Fue poco a poco hasta que sus instintos de mujer hicieron lo suyo, todas las piezas del rompecabezas se organizaron.

Con él no había tensión. No había miedo al momento. No había que calcular tiempos ni cuidar silencios. Su cuerpo estaba presente, firme, constante, como si el deseo no se agotara. Horas después, seguía ahí. Seguro. Disponible. Real. Empotrándola sin parar, sin fallar.

Y no era solo sexo. Era descanso. Era soltarse sin pensar .Era no tener que ser fuerte por dos.

Cada encuentro le recordaba algo que había olvidado: que no estaba pidiendo demasiado, solo dureza, firmeza y mucha calidez por dentro. Que no era exagerada. Que no estaba rota por querer sentirse deseada sin interrupciones.

La culpa llegó después. Siempre llega. Pero no fue suficiente para hacerla volver.

Porque el hombre con el que vivió cinco años no pudo sostenerla cuando más lo necesitaba. Y el nuevo no tuvo que prometer nada: su cuerpo hablaba por él, una y otra vez, sin disculpas.

Cuando se fue, dejó una nota corta. No cruel. No acusadora. Solo honesta.“ No me voy por falta de amor. Me voy por falta de presencia.”

Y por primera vez en mucho tiempo, mientras cerraba la puerta, no sintió vergüenza. Sintió alivio al correr en las noches a su entrepierna.



 
 
 

Comentarios


bottom of page